El drago, símbolo
de las islas Canarias, es el tronco secular por el que se enredan, cual
hiedra, los mitos, leyendas y tradiciones.
Horst Uden, el
viejo trotamundos, a través de su libro nos da a conocer esas viejas
leyendas, que por narraciones transferidas de generación en generación a
través de los siglos él ha recogido: historias de penas y luchas, de
amor y muerte, de humor y de tragedia, conduciéndonos a través de los
tiempos desde la mitología griega al período de la conquista española,
desde el mundo aborigen hasta nuestros días.
26 historias y
leyendas bellamente relatadas por la pluma de un verdadero maestro. Del
autor de “El rey de Taoro”
Horst Uden:
Bajo el drago. Leyendas y tradiciones de las islas Canarias. 208 págs., Editorial Zech,
Tenerife 2010, ISBN 978-84-933108-3-7, 12,80 euros
Muestra
de lectura: "Bajo el drago"
Tumulto
en La Antigua
(pág.
160s)
Un velero nos había llevado hasta el Puerto de Cabras. Nos encontrábamos
en el puerto mi mujer y yo, y estábamos pensando cómo llegaríamos mejor
a La Antigua, situada en la prolongada altiplanicie del centro de la
isla.
«Naturalmente, en caballería», dijo Lotte, «pronto encontraremos un par
de mulas».
Apareció entonces un hombre montado en un pequeño burro de pelo gris
plateado. Delante de nosotros se apeó, se quitó, saludando, el sombrero
de ala ancha y ofreció sus servicios.
Mientras Lotte acariciaba al burro y yo hablaba con su dueño respecto al
camino y las cosas dignas de verse, sin descuidar la cuestión del
precio, dobló la esquina un indígena tostado por el sol. Llevaba sujeto
de una cadena oxidada un camello de patas largas, que lo seguía de buen
grado.
Se detuvo junto al hombre del burro y escuchó en silencio durante un
rato nuestra conversación. Después sacudió la cabeza en señal de
desaprobación de que aquel «mister», en su incomprensión, pretendiese
alquilar un asno.
«Vuestra merced parece no llevar mucho tiempo en este país», comentó con
ligero acento de pesar en la voz, «y no conoce, por lo tanto, la
diferencia entre un burro y un camello. Y, sin embargo, salta ella a la
vista. Una ojeada a mi fiel ‹Mifalla› basta para desechar el último
escrúpulo. Es el mejor camello que hay en toda la región y el único que
tiene una montura inglesa. Al lado izquierdo se sienta vuestra merced y
en el lado derecho, la señorita. Yo me instalo delante, junto a la giba.
Y aquí está el anillo de hierro para sujetarlo cuando el animal se
excita y comienza a balancearse. Marcha al aire que vuestra merced
desee. Solo necesito darle un palo fuerte para que salga corriendo como
viento de tormenta, si el piso está seco. Pero si está húmedo, resbala y
cae violentamente. Si le grito ‹¡reee, reee!›, se pone en marcha. Pero
si digo ‹¡tuche!›, se arrodilla y se echa. Tan pronto como vuestra
merced se siente en la silla, se pone de pie con alegre bramido y puede
comenzar el viaje. Además, es tan fuerte como Sansón, aunque parezcan de
ratón sus orejas, por lo pequeñas.
»¡Qué decir, en cambio, de un miserable asno!», prosiguió, señalando
compasivo al animal gris. «En primer lugar, está expuesto vuestra merced
a que sus pies, en ocasiones, rocen con el suelo y se lastimen con las
rocas puntiagudas. A esto hay que añadir los gritos sempiternos del
arriero, pues sin gritos y palos no marcha. También hay que darle
constantemente con la punta del palo en los ijares, pues si no, no anda.
Y si se olvida vuestra merced de mover las piernas y darle con los
talones en la panza, no avanza un paso más».
El indígena me convenció. Alquilamos el camello...
(Horst Uden)