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Última revisión: 15 de julio de 2010

 El Rey de Taoro, de Horst Uden

 

 

 

 

 

Mapa Tenerife:
Nombres como La Matanza o La Victoria recuerdan a los hechos que ocurrieron en la  época de la conquista española.

BESTSELLER  ¡Por primera vez en castellano!
Cuando llegan los castellanos a la isla de Tenerife en el año 1494, para someterla a los Reyes Católicos, clavan una cruz de madera en la tierra, y así fundan la ciudad de Santa Cruz de Tenerife. Su jefe, Alonso Fernández de Lugo quiere avanzar hacia el fructífero valle de Arautapala, a Taoro, donde reside el Mencey Bencomo, el más poderoso y valiente de los menceyes guanches. Bencomo y sus aliados se preparan para enfrentarse a los invasores. En un lugar, que desde entonces se llama La Matanza de Acentejo, los guanches les tienden una emboscada...

Lea la apasionante historia de las guerras y la cultura de las Islas Canarias. Los guanches, cómo vivían y cómo eran sus fiestas y sus duelos. Los conquistadores españoles y sus soldados, lo que les llevó a cruzar los océanos así como las bonitas leyendas que se cuentan en las “Islas Afortunadas"

«Es una obra ante la que nadie pasará sin fijarse en ella.» (Francisco Montes de Oca García (+) Cronista Oficial de Canarias)

El Rey de Taoro, Novela histórica de la conquista de Tenerife, de Horst Uden, Editorial Zech, Tenerife 2004, 288 pág., ilustrado, p.v.p. en España 14,50 Euro, ISBN 978-84-933108-1-3, Original en lengua alemana.

 

Muestra de lectura: "El Rey de Taoro"

I.
LA ISLA AFORTUNADA

Los guanches

(...) En las inaccesibles cuevas del Tigaiga vivían los más valientes guerreros de los guanches, dispuestos, a una voz de mando de su príncipe, a lanzarse al campo para reducir a la obediencia a cualquier tribu insubordinada. Sus armas principales eran la piedra lanzada a mano, que siempre daba en el blanco, el hacha de combate y la aguzada lanza de madera, dura como el hierro. En el cinturón de su tamarco, una camisa de piel, llevaban la afilada tabona, un cuchillo de obsidiana que sabían manejar con destreza. Con terribles gritos de guerra se lanzaban sobre seguro contra el enemigo, hacían rodar sobre él grandes peñascos desde las laderas y eran incomparables en el combate cuerpo a cuerpo. Quien no poseía escudo alguno, sacado de la corteza del drago, se envolvía el tamarco en el brazo izquierdo y luchaba desnudo, sólo provisto de un taparrabo.

Si bien los guanches se mostraban inflexibles contra el enemigo que se les resistía, se comportaban, en cambio, noblemente con los vencidos. Los prisioneros eran curados de sus heridas, canjeados y a menudo puestos en libertad con obsequios.

No existían animales salvajes en su afortunada isla, ni la más pequeña serpiente venenosa. El único a quien temían era Guayote, el demonio, el cual moraba en el Echeyde que vomitaba fuego (Echeyde, Infierno o Teide: el Pico de Tenerife).

Cuando éste se encolerizaba, lanzaba rocas candentes de sus entrañas y por su boca se desparramaba un ancho río de fuego. Aniquilaba todo lo que encontraba en su camino, abrasando los fructíferos campos. Desde su interior soplaba al azul tigot, el cielo, vapores oscuros y venenosos, que oscurecían al brillante magec, el sol, y a la vez que el mar se encolerizaba, se apercibían sordos truenos que llegaban a las profundidades del bosque. El fuego del Demonio tumbaba los árboles que encontraba a su paso y se deslizaba, furioso, sobre los roquedales.

Entonces los atemorizados guanches se refugiaban en sus guaridas, acurrucados entre las ovejas, cabras y perros que se apretujaban unos contra otros, escuchando los ruidos infernales y rogando a Acorán, su Dios, que les auxiliase y salvase. (...)

 

(Horst Uden)

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